2 mar. 2010

la orilla blanca, la orilla negra


Al hilo de la canción, maravillosa, sugerente, dramática, de Iva Zanicci, voy a dejar un primer recuerdo de las primeras aves que sobrevuelan o sobrepasan el Estrecho de Gibraltar: ha comenzado la migración a las tierras del Norte. Unos de ellos seguirán la costa, otros el interior, y pasarán sobre las iglesias de vuestros pueblos o de vuestras capitales: Cáceres, Madrid, Vitoria, Soria, etc.. Algunos quedarán en estas tierras anidando y trayendo este verano sus hijos a la vida en tierra española (si les dejan); otros lo harán en Francia, en Alemania, en Bélgica, en Noruega, en Inglaterra... Y pasan silenciosa o casi silenciosamente, en grupos, ayudándose, o solitarios: algunos caen abatidos, fatigados por el Levante que les traiciona, o por la fatiga; muchos pasan, y se esconden su primera nohe en el continente en los primeros alcornocales de las sierras béticas más al Sur. No tienen ayuda, más que la de su experiencia y sus genes. Salvo algunos hospitales (como los del Migres) no conocen la seguridad, ni el sueldo, ni posada que no sea la tierra tal como se la encuentran. Seamos hospitalarios. Todos los años nos brindan un espectáculo, que en realidad, resuena. Estos días pasados, entre lluvias y los primeros vientos de Poniente, han pasado unos miles ya: el Jueves se contaban doce mil (no eran los de San Luis) milanos, buitres, halcones, águilas calzadas, algún ratonero. Se dejaron ver algunas avefrías despistadas. Cuando se recupere la atención hacia el sitio del que parte todo cuanto tenemos, empezaremos lentamente a vivir mejor, todos, no solo algunos.

El regalo lo trae diferentemente cada uno de ellos: unos se reúnen, suben, parece estar de conciliábulo, y finalmente se deciden, y arrancan a planear y volar; otros, emparejados como estas cigüeñas, paran a tomar fuerzas; las garcetas,  lugareñas habituadas al ganado que pace por doquier, tienes sus tertulias a media tarde, se limpian, se revisan prudentes, acicalan el plumaje, hasta el atardecer. Los pequeños, los paseriformes, revuelan los campos de aquí a allá, hasta que al anochecer se dirijan a los árboles que les dan cama y cierta seguridad. De eso hablaremos otro día, cuando utilicemos la cámara de noche.


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