18 mar. 2010

como una cabina telefónica


Hoy he recibido un correo (Monsanto, la multinacional química, tiene el campo abierto a los transgénicos en España) que me ha recordado dos asuntos pendientes por publicar, que merecen la atención. Estos dos asuntos son la intervención humana en los genes de los seres vivos (modificación genética) y la circulación ya permanente de sustancias químicas en nuestra vida. 

Las cabinas telefónicas que usábamos hará 15 años, te obligaban a introducir monedas para poder efectuar una llamada. Cuando no disponías de cambio exacto, o no era posible esto, tenías que perder el dinero sobrante. Porque no merece la pena, es un esfuerzo inmenso, demasiado complicado, imposible llevar a cabo la reclamación por semejante importe, contra una compañía tan grande.


No, no estoy enfadado por eso, utilizo un símil. La cabina telefónica es un símil de lo que ocurre cuando sospechamos que algo es incorrecto, nocivo, tóxico, puede serlo, es un riesgo: pero nos damos cuenta de que el tiempo, el importe, el personal necesario y el esfuerzo para investigar, demostrar, denunciar, durante años, este riesgo, es una labor inasequible para un individuo. Este es el territorio en blanco que queda entre las grandes compañías farmacéuticas y químicas, y nosotros. Si creemos que un producto, un método, un procedimiento de trabajo es peligroso, u otro adjetivo más contundente, debemos salvar una distancia: demostrar que es así. Y esto es muy costoso. Bayer, es un ejemplo, y no el más grande. Viene al caso de la directiva europea que abre las puertas al cultivo de transgénicos en España, la papa no es la primera. Ojalá no debiéramos leer, comentar, escribir, escuchar o pensar sobre esto, pero esto es la atmósfera de sucesos en la que vivimos (leer más).

Mientras tanto, en España, en cualquier población, el día que toque, seguimos concienciándonos y celebrando el día de algun ser vivo, poniendo carteles, editando cientos de trípticos, creando edificios  de miles de euros para nuestra concienciación, desplegando al aire libre mesas con lunchs gratuitos para solaz de nuestra conciencia. Y con ello, y un bizcocho, somos felices. Felizmente idiotas.
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