21 abr. 2010

los docentes, los adultos y los padres

Hoy he leido la reflexión de una persona en torno a su trabajo, a la educación. Con anterioridad he oído parecidos, similares, y muy próximos comentarios y reflexiones de otras personas docentes. Puedo recordar los de otras más lejanas en el tiempo. Incluso la opinión de filósofos (poco referentes en nuestro país, donde solo se hace caso franco a quien tuvo -no tendrá, tuvo- éxito económico, cual es el caso, en mi opinión muy merecido por cierto, de A. Pérez Reverte). 

Todas están encontrándose en igual situación. La desesperación, la tristeza por encontrarse rodeados de dificultades sin sentido desde capas superiores de la jerarquía, por obligaciones apabullantes sin efectividad, rodeados a su lado de alumnos sin formación mental, sin esqueleto educativo consistente. Pero no pierde ninguno de ellos, casualidad, el interés por ello, por los alumnos, por educar, por enseñar, por abrir los sentidos y la mente. 

Si esto ocurriese también en los adultos, fácil reflejo tendría en los más jóvenes. Tarde pero llegará, llegará el momento en que se reconozca, se lea en un espejo y en los resultados, cuando estos lleguen al corazón de cada familia, que no se puede educar ni enseñar cuando ya los adultos han enseñado: cuando han enseñado, han llenado el corazón de sus hijos con su ejemplo: y como el español no gusta mucho de autocriticarse, de mirar sus propios errores, como le cuesta abandonar el hábito de encontrar los errores fuera, todavía falta tiempo para que esto ocurra. Por eso no podrán todavía enseñar los docentes a los alumnos, porque los padres están dejando clara la idea de que "no hay que ser tonto, hay que ser listo, hay que ir a lo que importa (que importa también, cierto es), el dinero. Sólo el dinero. Las vacaciones. "Pasarlo bien". Encontrar un chollo. No pegar ni golpe. Vivir sin problemas, disfrutando (la palabra esfuerzo tiene un significado todavía desconocido, no sé cómo han podido definirla en la RAE). 

"Nadie es responsable de nada. Otro lo es siempre. Los problemas los crean los demás. Nosotros nada tenemos que ver.  Ni podemos hacer. Alguien debe hacer las cosas, alguien: nosotros esperar a que nos las traigan. Y si me ocurre algo desagradable, alguien deberá  reponder por ello".

Esta es la filosofía española, disuelta en nuestra cultura, en nuestro "carácter".
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