6 dic. 2009

filosofía al atardecer, ¡con ganas!


¡Vaya título! Pues sí, belleza. A eso hemos venido, a decir lo que vemos, y lo que nos parece.

La razones por las que decidí llegar aquí por unos años son algunas más que estas, pero estas están entre ellas: mantiene cerca zonas en un estado cuasi virginal; está salpicada en derredor de cuevas pintadas por homínidos, de una vegetación bastante equilibrada, también de zonas batidas por la erosión, por ambientes diferentes pero muy significativos, sobrevolada dos veces anualmente por las aves migratorias, y se sigue viendo hacer "el amor" a plantas,  aves e insectos (los mamíferos son más discretos en todo).

Y con ello, es más destacable aún la distinta percepción que tenemos: los nórdicos rezuman cariño y tiemblan al pisar el sitio, los centroeuropeos o entienden o visitan, los fronterizos españoles dejamos pasar de largo el tiempo pasivamente, y los africanos lo recorren atentos en busca de sustento.

Estoy gratamente sorprendido del número de personas que he encontrado que están en una especie de impasse de reflexión, casi todas ellas en privado, y cuando se encuentran confiados hablando de lo que se les refleja dentro de sí mismos,  estallan, brillan.  No deja de pegar a la puerta la misma proposición siempre: "demasiada velocidad para no saber frenar". Poco hace que murió Lothar Bergmann, el protector de las cuevas de los Algarves: gracias, caballero.








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